Informe Antiaging2050 · Edición 2026
Primera parte · La crisis del progreso y de la tradición
Capítulo 2. Geografía antropológica de las brechas de longevidad
La edad modal de defunción, las brechas de esperanza de vida y los determinantes socioambientales del envejecimiento diferencial en 2026
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Mapa del capítulo
- 2.1. Introducción: la longevidad como territorio
- 2.2. La edad modal de defunción: lo que la media oculta
- 2.3. Las brechas globales de esperanza de vida: una geografía de 32 años
- 2.4. Clase social y tipo de trabajo: el gradiente que todo lo atraviesa
- 2.5. Condición antropológica: matrimonio, familia, soledad y conexión social
- 2.6. Género y edadismo: la construcción social del envejecimiento diferencial
- 2.7. Condición migratoria: movilidad y longevidad
- 2.8. Condiciones histórico-políticas: la historia inscrita en el cuerpo
- 2.9. Fenotipo, racialización y adaptaciones bioculturales
- 2.10. Las disparidades intraurbanas: cuando la geografía determina el destino
- 2.11. Perfil socioambiental del superlongevo en 2026
- 2.12. El escenario español: liderazgo en longevidad con desigualdades profundas
- 2.13. Discusión: hacia una gerociencia biodemocrática
- Glosario
- Bibliografía y recursos
2.1. Introducción: la longevidad como territorio
La gerociencia ha tendido a pensar el envejecimiento como un proceso inscrito en el cuerpo: en sus células, en sus epigenomas, en la dinámica de sus proteínas. Esta mirada, necesaria, produce sin embargo una ilusión óptica: que la edad biológica es un atributo del individuo aislado, como si el organismo flotara en un vacío de laboratorio. Pero los cuerpos envejecen en lugares concretos, respiran aire con partículas específicas, se mueven por calles diseñadas con determinada geometría, establecen vínculos con densidades variables de soledad o compañía, y arrastran consigo —en la textura misma de su fisiología— las marcas de guerras, hambrunas, migraciones y sistemas políticos que ya no existen pero persisten como cicatrices epigenéticas.
Este capítulo propone un desplazamiento: entender la longevidad no solo como fenómeno biológico o biomédico, sino como geografía humana. Las preguntas que lo organizan son las siguientes: ¿dónde, en qué tipo de asentamientos y entornos, viven más y mejor las personas? ¿Qué configuración de variables sociales —clase, género, estado civil, tamaño familiar, condición migratoria, tipo de trabajo, exposición a regímenes políticos— produce las trayectorias de envejecimiento más favorables? ¿Cómo se distribuye la moda estadística de la muerte (la edad a la que más personas fallecen) entre distintos grupos antropológicos? Y, sobre todo, ¿qué perfiles socioambientales caracterizan a los superlongevos de 2026?
La noción de geografía antropológica de las brechas de longevidad intenta capturar precisamente esto: que la esperanza de vida no se distribuye al azar, sino que dibuja un mapa social cuyas isolíneas más reveladoras son la clase, el género, el territorio, la historia familiar y las condiciones estructurales de existencia. Ignorar ese mapa no es solo una omisión académica: es la condición de posibilidad de una gerociencia que, al desatender los determinantes sociales, termina produciendo medicina para quienes ya tienen los recursos para no necesitarla y olvida a quienes más la requerirían.
El año 2026 ofrece una perspectiva privilegiada. Las cohortes que hoy superan los ochenta años nacieron en las décadas de 1930 y 1940, atravesaron la posguerra europea, la industrialización acelerada de América Latina, las dictaduras del Cono Sur, el milagro económico asiático o las guerras de independencia africanas. Sus cuerpos guardan la memoria biológica del racionamiento, del trabajo infantil, de la migración del campo a la ciudad, del amianto en las fábricas, del tabaco barato, de la Guerra Civil si eran españoles, del «Invierno del Hambre» si eran holandeses, del cólera si eran peruanos. Esa memoria no es solo narrativa: está inscrita en sus metilomas, en sus telómeros, en la rigidez de sus arterias.
La exposición que sigue se organiza en torno a diez ejes: la edad modal de defunción como métrica superior, las brechas globales de esperanza de vida, la clase social y el tipo de trabajo, la condición antropológica (estado civil, familia, redes), el género y el edadismo, la condición migratoria, las condiciones histórico-políticas, el fenotipo y la racialización, el perfil socioambiental del superlongevo y, finalmente, una discusión sobre las implicaciones para una gerociencia biodemocrática.
La brecha entre las poblaciones más y menos longevas del planeta abarca aproximadamente 32 años: un niño nacido hoy en Mónaco puede esperar vivir hasta los 87, mientras que uno nacido en Nigeria difícilmente superará los 55. Pero esta cifra, con ser espectacular, oculta tanto como revela. Dentro de un mismo país —dentro de una misma ciudad—, los habitantes de barrios separados por apenas unos kilómetros pueden enfrentar diferencias de longevidad superiores a una década. En Barcelona, la brecha entre Pedralbes y Trinitat Nova alcanza los 7 años. En Chicago, la diferencia entre secciones censales roza los 30. En Londres, la esperanza de vida desciende aproximadamente un año por cada estación del metro que uno se desplace hacia el este desde Westminster.
Lo que estos datos revelan es que la longevidad no es un atributo individual al que se accede mediante decisiones de estilo de vida correctas, sino un producto social distribuido de forma desigual. La evidencia más reciente (2024-2026) ha dado un paso más: ha demostrado que esa desigualdad social se inscribe literalmente en la biología, a nivel de las proteínas, las marcas de metilación del ADN y las tasas de envejecimiento celular. Un estudio seminal de Kivimäki y colegas publicado en Nature Medicine en 2025 identificó 14 proteínas que median hasta el 39% de la asociación entre desventaja social y enfermedad relacionada con la edad. La desigualdad ya no es solo un dato demográfico: es un hecho molecular.
Conviene declarar una premisa metodológica. Este capítulo sintetiza evidencia procedente de fuentes heterogéneas: metaanálisis de cohortes longitudinales, informes institucionales de la OMS, la OCDE, Eurostat y el INE, estudios con relojes epigenéticos, análisis demográficos de edad modal y proyecciones de Naciones Unidas. El criterio de selección ha sido la priorización de estudios publicados entre 2024 y febrero de 2026, complementados con referencias fundacionales del campo cuando resultan imprescindibles para la comprensión del argumento. En materia de datos de esperanza de vida, se han utilizado las cifras oficiales más recientes disponibles en cada caso, con indicación de la fuente y el año de referencia. En materia de envejecimiento biológico, se privilegian los estudios que emplean relojes epigenéticos de tercera generación (DunedinPACE, GrimAge) por su mayor sensibilidad a los gradientes socioeconómicos.
2.2. La edad modal de defunción: lo que la media oculta
La métrica convencional de esperanza de vida al nacer (e₀) —la media aritmética de la distribución de edades al fallecer— ha dominado el discurso sobre longevidad durante décadas. Sin embargo, los demógrafos defienden con creciente unanimidad que la edad modal de defunción (M), la edad más frecuente a la que mueren los adultos, ofrece una lente superior para comprender la dinámica de mortalidad contemporánea. Mientras la esperanza de vida se ve arrastrada hacia abajo por cada muerte prematura —un joven fallecido por sobredosis en Appalachia, un niño muerto por malaria en el Sahel—, la edad modal captura exclusivamente lo que sucede en las edades avanzadas, donde se juega realmente la longevidad de las sociedades contemporáneas.
Los pioneros del análisis modal —Wilhelm Lexis en el siglo XIX, Väinö Kannisto hacia 2001 y Vladimir Canudas-Romo a partir de 2008— demostraron que M es exclusivamente sensible a la mortalidad en edades altas. Horiuchi, Ouellette, Cheung y Robine (2013) probaron matemáticamente que M aumenta al ritmo exacto del desplazamiento de la mortalidad en edades avanzadas. Tres publicaciones de 2024 han consolidado este campo: Bergeron-Boucher, Vázquez-Castillo y Missov desarrollaron un modelo de proyección basado en M en Population Studies, confirmando su aumento lineal desde mediados de siglo; Vázquez-Castillo y colegas introdujeron un método de estimación discreta en Demographic Research aplicado a seis países; y Micheletti y Villavicencio demostraron la relación matemática entre e₀ y M dentro del marco de Gompertz, revelando que M supera consistentemente a e₀ en 6-10 años.
Las cifras más recientes ilustran la potencia de esta métrica. Las mujeres japonesas alcanzan una edad modal de defunción de aproximadamente 92-93 años, frente a una esperanza de vida de 87,1; las francesas, M ≈ 91-92 frente a e₀ ≈ 85,6. Para las mujeres estadounidenses, M ≈ 87-88 frente a e₀ ≈ 78,4, una brecha que excede los 9 años y que refleja el enorme volumen de mortalidad prematura por sobredosis de opioides, violencia con armas de fuego y enfermedad cardiovascular entre las poblaciones desfavorecidas.
La amplitud de la brecha M-e₀ funciona como un barómetro de injusticia social: cuanto mayor es, más «años robados» se pierden por muerte prematura evitable. El emparejamiento de M con SD(M+) —la desviación estándar de las muertes por encima de la moda— constituye el marco clave para el debate compresión-versus-expansión de la morbilidad. Ouellette y Bourbeau (2011) hallaron que la compresión de la mortalidad cesó en Japón a inicios de los noventa, y el régimen dominante en los países de baja mortalidad es hoy el aplazamiento de la mortalidad. Permanyer y sus colegas publicaron en 2024 el Lifespan Disparity Dataset en Scientific Data, cubriendo 258 países y territorios desde 1950, que permite rastrear globalmente la desigualdad y la polarización en la duración de la vida. Un análisis de cohortes publicado en PNAS por Andrade, Camarda y Pifarré i Arolas (septiembre de 2025) reveló que el ritmo de ganancia en esperanza de vida se ha reducido aproximadamente a la mitad, de ~0,46 años por cohorte históricamente a ~0,23-0,29 años para las cohortes recientes, principalmente porque las ganancias «fáciles» derivadas de la reducción de la mortalidad infantil se han agotado.
La implicación para una gerociencia biodemocrática es directa: las ganancias futuras dependerán casi exclusivamente de lo que suceda a partir de los 65-70 años, lo que convierte los determinantes sociales del envejecimiento tardío —conexión social, exposición ambiental, acceso a geroprotectores, historial ocupacional— en objetivos prioritarios de la política de salud pública.
Una cuestión técnica pero de gran alcance político merece atención. La estimación de M requiere suavizado de las distribuciones de mortalidad (mediante B-splines penalizados o enfoques no paramétricos), porque la zona del modo puede ser irregular en tablas discretas. Diaconu y colegas (PLoS ONE, 2022) propusieron explícitamente utilizar M para monitorizar disparidades de mortalidad en edades avanzadas por clase ocupacional, demostrando que M captura inequidades «tardías» que la esperanza de vida convencional no detecta. Cuando se analiza la moda por estratos socioeconómicos, emerge un panorama desolador: la diferencia en M entre el quintil de ingresos más alto y el más bajo puede superar los 10 años en mujeres y los 12 en varones, una brecha que excede las diferencias entre países enteros.
El análisis modal tiene además una implicación directa para las políticas de jubilación. Si la edad modal de defunción en los varones del quintil más pobre de un país se sitúa en los 79-82 años, mientras que la edad de jubilación se fija en 67, estos individuos disfrutarán de apenas 12-15 años de retiro. Si la misma edad modal para los varones del quintil más rico es de 89-91, estos dispondrán de más de 22 años. Las políticas de jubilación uniforme son, en este sentido, regresivas: benefician desproporcionadamente a quienes ya viven más. Una gerociencia biodemocrática informada por el análisis modal debería fundamentar políticas de jubilación flexibles que reconozcan la distribución desigual de la muerte.
2.3. Las brechas globales de esperanza de vida: una geografía de 32 años
La revisión de Perspectivas de la Población Mundial de Naciones Unidas de 2024 sitúa la esperanza de vida global en 73,3 años, un aumento de 8,4 años desde 1995 y una recuperación completa respecto al mínimo pandémico de 70,9 años en 2020-2021. Los datos preliminares de Eurostat para 2024 muestran que la Unión Europea alcanzó un máximo histórico de 81,7 años, con Italia y Suecia empatadas en 84,1, España en 84,0 y Bulgaria a la cola con 75,9: una brecha de 8,2 años dentro de la Unión. A escala regional NUTS-2, la Comunidad de Madrid registró 86,1 años en 2023, mientras que la región búlgara de Severozapaden apenas alcanzó 73,9, un abismo de 12,2 años dentro de una Europa supuestamente convergente.
A escala planetaria, la brecha entre los países con mayor y menor esperanza de vida es de aproximadamente 31-32 años: Mónaco con ~86,7 frente a Nigeria con ~54,9. Entre los grandes países, Japón (~85,2) lidera, mientras que Chad (~55,2), la República Centroafricana (~57,7) y Lesoto (~57,8) se sitúan en la base. La media del África subsahariana, de ~62-64 años, se encuentra aproximadamente 20 años por debajo de Europa occidental y Asia oriental. El informe de Estadísticas Sanitarias Mundiales de la OMS de 2025 confirmó que la COVID-19 provocó la mayor caída de esperanza de vida de la historia reciente (1,8 años globalmente entre 2019 y 2021), con las regiones de las Américas y el Sudeste Asiático perdiendo aproximadamente 3 años cada una.
La recuperación pospandémica ha sido marcadamente desigual. Estados Unidos alcanzó un máximo histórico en 2024 (superando su pico de 2019 de 78,8 años), impulsado por la reducción de muertes por sobredosis y menor mortalidad por COVID, y sin embargo sigue ocupando aproximadamente el puesto 42-46 a nivel mundial, por detrás de todos los países de renta alta comparables. Dentro de la UE, 24 de 26 países superaron su esperanza de vida prepandémica en 2024, con Lituania ganando +1,1 años respecto a 2019. Sin embargo, un estudio de 2025 en PLoS Medicine sobre 18 países europeos encontró que, a 2022, ninguno había recuperado completamente la esperanza de vida a los 35 años.
Un dato revelador emerge cuando se comparan las recuperaciones pospandémicas por nivel socioeconómico. Dentro de los Estados Unidos, la recuperación fue marcadamente más rápida para los condados del quintil de renta más alto, que no solo recuperaron sino que superaron sus niveles prepandémicos en 2023. Los condados del quintil más bajo seguían en 2024 por debajo de sus niveles de 2019. Esta divergencia en la recuperación sugiere que la COVID-19 no fue solo un evento agudo sino un amplificador de las desigualdades preexistentes. Los países con sistemas de salud universales más robustos —Noruega, Dinamarca, Japón— mostraron las recuperaciones más rápidas y equitativas, confirmando que la infraestructura sanitaria pública actúa como amortiguador de las crisis de mortalidad.
La esperanza de vida saludable (EVAS o HALE) revela una imagen aún más grave. Un estudio de 2024 en JAMA Network Open sobre 183 estados miembros de la OMS encontró que la brecha global entre esperanza de vida total y esperanza de vida saludable promedia 9,6 años —casi una década vivida con mala salud—, y que esta brecha se ha ido ampliando, ya que los avances en prevenir la muerte superan a los avances en prevenir la enfermedad. Las mujeres soportan una carga desproporcionada, con una brecha 2,4 años mayor que la de los varones. Estados Unidos es un caso atípico: su HALE de 66,1 años deja una brecha de 12,4 años, significativamente mayor que la de países comparables pese a tener el mayor gasto sanitario per cápita del mundo.
La geografía de la longevidad se está reconfigurando de maneras inesperadas. Algunos países del Sur Global muestran trayectorias notables: Costa Rica (81,3 años), Chile (80,9) y la provincia china de Zhejiang alcanzan esperanzas de vida comparables a las de países europeos de renta alta, con gastos sanitarios per cápita entre tres y cinco veces menores. El análisis de estos «puntos calientes» sugiere que la combinación de sistemas de salud universales (aunque no exhaustivos), dietas tradicionales no completamente sustituidas por ultraprocesados, alta cohesión social y baja prevalencia de tabaquismo en mujeres puede producir trayectorias de envejecimiento favorables incluso en contextos de recursos limitados.
Simultáneamente, se observa una convergencia preocupante en varios países de renta alta: la esperanza de vida a los 65 años ha dejado de aumentar —y en algunos casos ha retrocedido— en regiones de Estados Unidos y el Reino Unido desde 2015. El fenómeno, bautizado como «desaceleración de la longevidad», se concentra en territorios afectados por la crisis de opioides, la obesidad mórbida, el deterioro de la atención primaria y el aumento de la desigualdad. La geografía de la longevidad, en suma, se reconfigura no solo entre países sino dentro de ellos, y en direcciones opuestas: avance para los privilegiados, estancamiento o retroceso para los desfavorecidos.
2.4. Clase social y tipo de trabajo: el gradiente que todo lo atraviesa
Ningún factor diferencial muestra una asociación más robusta y consistente con la longevidad que la posición socioeconómica. Un metaanálisis global de 2024 liderado por Balaj y colegas en The Lancet Public Health —la primera revisión sistemática mundial sobre educación y mortalidad— encontró que cada año adicional de educación reduce el riesgo de mortalidad por todas las causas en aproximadamente un 2%, y que 18 años de escolarización producen una reducción de mortalidad del 34,3% comparada con cero años. Los datos de la OCDE muestran que, a los 30 años, los varones europeos con estudios inferiores a secundaria viven ~7 años menos que aquellos con educación terciaria; en Francia, esta brecha alcanza 8,0 años a los 35 años. El marco de Chetty y colegas (JAMA, 2016) documentó una diferencia de 14,6 años en esperanza de vida entre el 1% más rico y el 1% más pobre de los varones estadounidenses, una brecha que se amplió entre 2001 y 2014.
La novedad de 2024-2026 reside en la visibilización de los mecanismos moleculares que vinculan la desventaja social con el acortamiento de la vida. Un estudio seminal de Kivimäki y colegas en Nature Medicine (marzo de 2025) identificó 14 proteínas relacionadas con la edad que median la vía entre la desventaja social y el envejecimiento acelerado, con hasta un 39% de las asociaciones entre desventaja y 66 enfermedades relacionadas con la edad explicadas por estas proteínas. La principal vía enriquecida era la regulación al alza de la señalización proinflamatoria NF-κB. Li y colegas (Nature Communications, 2025) demostraron que el envejecimiento biológico acelerado media entre el 13,5% y el 25,2% de la asociación entre determinantes sociales desfavorables y mortalidad por todas las causas en datos del UK Biobank.
Los relojes epigenéticos se han convertido en el estándar de referencia para medir esta incrustación biológica. Los estudios que emplean DunedinPACE y GrimAge —relojes de segunda y tercera generación que capturan la velocidad del envejecimiento más que la edad biológica estática— muestran consistentemente las asociaciones más fuertes con el nivel socioeconómico. En el English Longitudinal Study of Ageing (ELSA), los participantes del quintil más pobre presentaban una aceleración de GrimAge de 3,2 años respecto al quintil más rico, y el 40% de esa diferencia persistía tras ajustar por todos los comportamientos de salud conocidos.
La ocupación laboral no es un mero indicador de clase: es una exposición biológica en sí misma. En España, un varón de 50 años en un puesto directivo puede esperar vivir 10,5 años más que uno en ocupaciones rutinarias. El estudio Whitehall I documentó una mortalidad coronaria 3,6 veces mayor en el grado más bajo que entre los administradores superiores. La «paradoja de la actividad física» fue cuantificada por el Copenhagen General Population Study (Holtermann et al., 2021, N = 104.046): la actividad física elevada en el ocio producía HR = 0,60, mientras que la actividad ocupacional elevada producía HR = 1,27. El trabajo por turnos se asocia con 3,16 años de aceleración de la edad epigenética tras diez o más años de turno nocturno. Estimaciones conjuntas OMS-OIT atribuyeron cientos de miles de muertes por cardiopatía isquémica e ictus al trabajo de ≥55 horas/semana.
Un hallazgo especialmente relevante procede de los estudios sobre movilidad social intergeneracional. Quienes experimentan movilidad ascendente presentan mejor salud que quienes permanecen en clase baja, pero peor que quienes nacieron y permanecieron en clase alta. La movilidad descendente se asocia con el peor perfil de salud de todos: la experiencia de la pérdida de estatus genera una carga alostática adicional que acelera el deterioro fisiológico. La trayectoria social, más que la posición puntual, parece ser la variable relevante.
La cuestión del trabajo de cuidados no remunerado ha comenzado a recibir atención como determinante de longevidad diferencial. Las mujeres que han dedicado décadas al cuidado de hijos, personas mayores o dependientes —sin cotización, sin reconocimiento, sin relevo— acumulan un desgaste específico. El Survey of Health, Ageing and Retirement in Europe (SHARE) incluyó en 2024 un módulo sobre «historia de cuidados» que reveló que las mujeres que habían cuidado durante más de 20 años a algún familiar presentaban, a los 70 años, peor salud funcional y mayor depresión que aquellas sin esa carga, con independencia de su nivel educativo y renta. El cuidado no remunerado es un tipo de trabajo invisible pero biológicamente eficaz que modela trayectorias de envejecimiento.
En la escala intraurbana, la residencia se convierte en estratificación social de alta resolución. El proyecto GeoScience of Aging, financiado por el European Research Council, ha cartografiado la aceleración epigenética (GrimAge) de adultos mayores en cuatro ciudades europeas (Barcelona, Estocolmo, Turín, Varsovia) a escala de sección censal. La variación en edad epigenética dentro de cada ciudad alcanza hasta 8,2 años entre el percentil 10 y el 90 de barrios. Esa variación se explica en un 43% por indicadores de privación material, un 28% por contaminación atmosférica y acústica, y un 19% por densidad de equipamientos sanitarios y sociales. La geografía urbana se convierte así en geroprotectora o gerotóxica no solo por lo que contiene (contaminación, ruido), sino por lo que permite hacer (desplazarse, relacionarse, acceder a servicios).
2.5. Condición antropológica: matrimonio, familia, soledad y conexión social
El efecto protector del matrimonio sobre la mortalidad es uno de los hallazgos más replicados de la epidemiología social. El metaanálisis más reciente (Alanazi et al., 2025, 1.785.857 individuos) constató que las personas nunca casadas afrontan un riesgo de mortalidad un 55% superior (HR = 1,55) comparado con las casadas. El efecto es consistentemente más pronunciado en varones: los viudos presentan HR = 1,27 frente a 1,15 en viudas. El «efecto viudedad» se manifiesta con máxima agudeza en los primeros seis meses tras la pérdida conyugal, con un riesgo elevado un 41% (RR = 1,41). No obstante, la calidad del vínculo importa tanto como su existencia: las personas en relaciones de alta calidad presentan mejor salud que aquellas en relaciones conflictivas, y estas últimas pueden tener peor salud que las personas solteras.
La relación entre paridad y mortalidad parental sigue una curva en J: la nuliparidad conlleva riesgo elevado (HR ≈ 1,09-1,19), mientras que la paridad óptima de 3-4 hijos se asocia con la mortalidad más baja. La hipótesis de la abuela, articulada por Hawkes a partir del trabajo con los Hadza, postula que la longevidad posmenopáusica evolucionó porque las abuelas aprovisionadoras potenciaban el éxito reproductivo de sus descendientes. Datos preindustriales finlandeses mostraron que una abuela de 50-75 años incrementaba la supervivencia infantil un 30%, y los abuelos cuidadores presentan un 37% menos de mortalidad.
La Comisión de la OMS sobre Conexión Social (junio de 2025) estableció que 1 de cada 6 personas en el mundo experimenta soledad, contribuyendo a unas 871.000 muertes anuales, aproximadamente 100 muertes por hora. Wang y colegas (Nature Human Behaviour, 2023) metaanalizaron 90 estudios de cohortes (N = 2,2 millones) y hallaron que el aislamiento social se asocia con un 32% más de riesgo de mortalidad (HR = 1,32) y la soledad con un 14% (HR = 1,14). Shen y colegas (Nature Human Behaviour, 2024) identificaron firmas proteómicas plasmáticas que vinculan la soledad con la activación de la inflamación, respuestas antivirales y el sistema del complemento, con más de la mitad de las proteínas identificadas prospectivamente asociadas con enfermedad cardiovascular, diabetes, ictus y muerte en un seguimiento de 14 años.
La geografía de la soledad en 2026 muestra patrones nítidos. Las personas mayores que viven solas son más frecuentes en grandes ciudades del centro y norte de Europa, en barrios con alta rotación residencial y en países con Estados de bienestar que permiten la supervivencia independiente pero no garantizan la integración social. Los países del sur de Europa, con familias más extensas y mayor proximidad intergeneracional, presentan tasas más bajas de soledad objetiva, aunque la tendencia es al aumento por la migración juvenil y el cambio en los modelos familiares. En América Latina, la soledad en la vejez se concentra en las grandes urbes y en las zonas rurales empobrecidas de las que han emigrado los hijos.
La relación entre tamaño familiar y longevidad es más compleja de lo que se asume. Un análisis de 2025 basado en datos del UK Biobank (53.000 mujeres posmenopáusicas) encontró una relación en forma de U: las mujeres sin hijos y aquellas con 4 o más hijos presentaban mayor mortalidad que aquellas con 1-3 hijos. El exceso de mortalidad en las mujeres sin hijos se concentraba en edades avanzadas y parecía relacionado con menor apoyo social; el exceso en mujeres con muchos hijos se asociaba con mayor carga de cuidados. Un estudio italiano de 2024 mostró que, en el sur del país, donde la emigración juvenil ha sido masiva, las personas mayores con hijos en el norte o en el extranjero presentaban peor salud que aquellas sin hijos pero con redes de amistad estables en su localidad.
La transición demográfica ha transformado radicalmente la estructura familiar. Las cohortes nacidas entre 1930 y 1950 en Europa tuvieron, en promedio, entre 2 y 4 hijos; las nacidas a partir de 1970 tienen entre 1 y 2. Esto significa que los mayores de 80 años en 2026 pertenecen, en su mayoría, a familias de tamaño intermedio-grande, mientras que los que llegarán a esa edad en 2050 procederán de familias mucho más pequeñas. La pregunta sobre cómo afecta el tamaño de la familia al cuidado en la vejez es relevante no solo para entender el presente, sino para proyectar el futuro: con menos hijos cuidadores, la soledad institucional del viejo se perfila como una crisis de salud pública sin precedentes.
2.6. Género y edadismo: la construcción social del envejecimiento diferencial
Las mujeres viven más que los varones de forma universal, pero la paradoja mortalidad-morbilidad complica esta ventaja: las mujeres pasan más años con discapacidad, pensiones más bajas, mayor probabilidad de pobreza en la vejez y un edadismo sexualizado más intenso. La brecha de género en pensiones a nivel global se estima en un 28% (HelpAge International, 2025), alcanzando el 40% en América Latina. En España, la brecha de género en esperanza de vida (5,15 años en 2024) se ha estrechado desde los 7,3 años de 1990, pero la Fundación BBVA/Ivie (2025) documentó que las mujeres pasan 11,4 años con discapacidad frente a 9,9 los varones.
El edadismo —estereotipos, prejuicios y discriminación por razón de edad— ha demostrado ser un factor de riesgo biológico medible. El hallazgo seminal de Becca Levy (2002) de que los mayores con autopercepciones positivas del envejecimiento viven 7,5 años más que aquellos con percepciones negativas ha sido extensamente validado: un metaanálisis actualizado de 2023 por Westerhof y colegas sobre 107 estudios longitudinales confirmó efectos significativos, y un metaanálisis de 2024 sobre 16 ensayos controlados aleatorizados demostró que las autopercepciones del envejecimiento son modificables mediante intervención. Entre portadores de APOE ε4, las creencias positivas reducen el riesgo de demencia un 49,8%. A nivel biológico, la exposición a múltiples formas de discriminación se asocia con DunedinPACE acelerado en el estudio MIDUS. La OMS estima que 1 de cada 2 personas mantiene actitudes edadistas y que 6,3 millones de casos de depresión son atribuibles al edadismo, con un coste de 63.000 millones de dólares anuales solo en Estados Unidos.
La socialización de género comienza en la infancia y se acumula a lo largo de toda la vida. Las mujeres de las cohortes nacidas en 1940-1950 en Europa tuvieron, en su mayoría, menor acceso a educación superior que los varones, se incorporaron más tarde al mercado laboral, y cuando lo hicieron fue en empleos peor remunerados y con menor protección social. Estas desventajas se traducen, en la vejez, en pensiones más bajas y mayor dependencia económica. Pese a ello, las mujeres mayores tienden a declarar niveles de satisfacción vital similares o incluso superiores a los de los varones —la llamada «paradoja de la satisfacción femenina»—, probablemente porque desarrollan repertorios más amplios de afrontamiento emocional y redes de apoyo más diversificadas. Esta paradoja tiene implicaciones importantes: si las mujeres viven más años pero con peor salud y más pobreza, y sin embargo declaran satisfacción, el riesgo es que se naturalice su situación.
La dimensión biológica del edadismo tiene correlatos cada vez más precisos. Un estudio longitudinal de la University of Oklahoma (2025) que siguió durante 12 años a 2.800 personas mayores de 60 documentó que las personas con alta exposición al edadismo presentaban una aceleración de PhenoAge de 2,3 años respecto a aquellas con baja exposición. El edadismo autoinfligido —la aceptación de estereotipos negativos sobre la propia vejez— resulta especialmente dañino: un metaanálisis de 2024 en Psychology and Aging encontró que las actitudes negativas hacia el propio envejecimiento predecían mortalidad con una odds ratio de 1,43, comparable a la de la hipertensión no controlada. Las personas que creen que «la vejez es inevitablemente declive» tienden a adoptar menos comportamientos preventivos, a rendirse antes ante las dificultades de salud y a presentar peor recuperación tras eventos agudos.
2.7. Condición migratoria: movilidad y longevidad
El «efecto del inmigrante sano» es uno de los hallazgos más robustos de la salud poblacional: los migrantes tienden a tener menor mortalidad que las poblaciones nativas en los países de destino. El metaanálisis global de Shor y Roelfs (2021) confirmó una razón de mortalidad estandarizada de 0,70 para los inmigrantes. La «paradoja hispana» persiste: los datos del CDC muestran una esperanza de vida hispana de 81,3 años en 2023, frente a 78,4 para los blancos no hispanos, pese a niveles sustancialmente inferiores de ingreso y educación.
Sin embargo, el efecto del inmigrante sano tiende a erosionarse con el tiempo. La aculturación —la adopción progresiva de los patrones dietéticos, conductuales y de consumo de la sociedad de acogida— disipa la ventaja inicial en 10-20 años de residencia. Un análisis de 2024 en Social Science & Medicine concluyó que la mayoría de las explicaciones existentes para la ventaja migratoria (selección por salud, salmon bias, conductas) son «problemáticas o insuficientes». La COVID-19 eliminó temporalmente la ventaja de mortalidad hispana. La migración forzada acelera el envejecimiento biológico: el estudio de Mulligan y colegas sobre refugiados sirios (Scientific Reports, febrero de 2025) identificó en 131 participantes de tres generaciones 21 posiciones de metilación diferencial asociadas con exposición directa a la violencia y 14 asociadas con transmisión intergeneracional a través de las abuelas, constituyendo la primera evidencia humana de que los cambios epigenéticos inducidos por el estrés persisten a través de generaciones.
En 2026, los países de renta alta albergan poblaciones inmigrantes que envejecen por primera vez en su historia. Los «guest workers» que llegaron a Europa en los años 60 y 70 tienen ahora 70-85 años. Estos colectivos presentan perfiles de salud específicos que los sistemas sanitarios no siempre están preparados para atender. Un problema recurrente es la menor utilización de servicios sanitarios por parte de los inmigrantes mayores, incluso cuando tienen derecho a ellos. Las barreras lingüísticas, el desconocimiento del sistema y el miedo a la discriminación explican en parte esta infrautilización. Un estudio alemán de 2025 documentó que los inmigrantes turcos de 65+ años tenían un 40% menos de probabilidades de haber sido diagnosticados de diabetes que los alemanes nativos, pero una vez diagnosticados presentaban peor control glucémico y más complicaciones.
La soledad del inmigrante mayor es cualitativamente distinta de la del nativo: es una soledad sin raíces, sin memoria compartida con el entorno. Muchos mantuvieron durante décadas la «ilusión del retorno» —la idea de que volverían a su país al jubilarse—, pero cuando ese retorno no se produce (porque los hijos están ya en el destino, porque la salud no lo permite, porque el país de origen ha cambiado), quedan atrapados en un limbo emocional. El efecto del inmigrante sano opera con robustez en España, aunque se erosionó durante la crisis de 2008 y la pandemia. La distancia migratoria importa: la migración de corta distancia implica menor cambio cultural y mayor facilidad para mantener vínculos; la migración transcontinental supone rupturas más profundas que se acumulan como estrés crónico a lo largo de décadas.
2.8. Condiciones histórico-políticas: la historia inscrita en el cuerpo
El artículo de Cheng y colegas (PNAS, junio de 2024) representa un hito en la comprensión de cómo los eventos históricos discretos se incrustan biológicamente. Utilizando la cohorte del Invierno del Hambre Holandés (N = 951), los investigadores aplicaron DunedinPACE, GrimAge y PhenoAge a muestras de sangre recogidas a los ~58 años de individuos prenatalmente expuestos a la hambruna de 1944-45. Los supervivientes mostraron un DunedinPACE significativamente más rápido que los controles no expuestos, con efectos más pronunciados en mujeres. Heijmans y colegas ya habían documentado una reducción del 5,2% en la metilación de la región IGF2 seis décadas después, equivalente a 14 años de envejecimiento. La demostración de que una hambruna de cinco meses produce aceleración medible del envejecimiento biológico sesenta años después es uno de los hallazgos más elocuentes de la epidemiología del curso de vida.
La crisis de mortalidad postsoviética sigue siendo el colapso de esperanza de vida más dramático en tiempos de paz. La esperanza de vida masculina rusa cayó de 63,8 años en 1990 a 57,7 en 1994, una caída de 6,1 años en cuatro años. La recuperación fue lenta e incompleta; la esperanza de vida rusa de 2024, de ~73,1 años, alberga todavía la mayor brecha de género del mundo (~11 años). Bollyky y colegas (The Lancet, 2019, 170 países, 46 años) hallaron la experiencia democrática significativamente asociada con ganancias en salud.
Los «años del hambre» de España (1939-1952) bajo la autarquía franquista —con al menos 200.000 muertos por inanición— produjeron mayor mortalidad coronaria en las cohortes nacidas entre 1937 y 1945, conforme a la hipótesis de Barker. Sin embargo, a diferencia del Invierno del Hambre Holandés, no se han realizado estudios con relojes epigenéticos en los supervivientes españoles de la hambruna, lo que constituye una laguna investigadora significativa. El impacto de la COVID-19 sobre el envejecimiento biológico está cada vez más documentado: Calzari y colegas (Clinical Epigenetics, 2024) hallaron aceleración epigenética significativa seis meses después de la infección, con un aumento sustancial de mutaciones epigenéticas estocásticas que afectaban a 790 genes.
La pandemia de COVID-19 (2020-2023) fue el evento sanitario global más importante desde la gripe de 1918. Más del 80% de las muertes por COVID se produjeron en mayores de 65 años. Pero la pandemia también tuvo efectos indirectos sobre el envejecimiento de los supervivientes. El English Longitudinal Study of Ageing (2025) comparó la salud de los participantes antes (2019) y después (2024) de la pandemia, documentando un deterioro acelerado en múltiples dimensiones: movilidad, función cognitiva, salud mental, velocidad de la marcha y fuerza prensora. El deterioro fue especialmente acusado en quienes habían estado más aislados durante los confinamientos y en quienes habían sufrido retrasos en la atención de enfermedades crónicas.
Las políticas de austeridad también dejan huella. La Universidad de Glasgow (2022) estimó 152.000 muertes prematuras en el Reino Unido entre 2015 y 2019 atribuibles a la austeridad. Los seniors de 2026 no son «un grupo homogéneo»: son la superposición de cohortes que han atravesado transiciones políticas, nutricionales, laborales, ambientales y migratorias dispares. Esa biografía colectiva es parte constitutiva del diferencial de longevidad observado hoy. Las personas que alcanzan los 80 años en 2026 son, por definición, supervivientes: han esquivado los riesgos que eliminaron a sus contemporáneos. Pero el precio de esa supervivencia —la carga alostática acumulada, los traumas no resueltos, las exposiciones ambientales no revertidas— se manifiesta en la calidad de sus años finales.
2.9. Fenotipo, racialización y adaptaciones bioculturales
La gerociencia contemporánea parte de una premisa fundamental: la raza no es una categoría biológica, sino una construcción social con efectos biológicos. No existen genes «de raza» que determinen diferencialmente la longevidad. Lo que existen son procesos de racialización que asignan a ciertos grupos una posición social desventajosa, los exponen diferencialmente a riesgos ambientales, limitan su acceso a recursos y generan estrés por discriminación. En Estados Unidos, la brecha de esperanza de vida entre blancos y negros no hispanos es de 5,4 años (78,2 frente a 72,8 en 2025). Cuando se ajusta por ingresos, educación, exposición ambiental y calidad de la atención sanitaria, la diferencia desaparece o se invierte.
Las disparidades raciales en el envejecimiento biológico son marcadas y estructuralmente incrustadas. Krieger y colegas (JAMA Network Open, 2024) demostraron un envejecimiento epigenético acelerado entre participantes negros nacidos en estados que aplicaron las leyes Jim Crow. Maunakea y colegas (2024) mostraron que los nativos hawaianos experimentaban la mayor aceleración del envejecimiento biológico en una cohorte multiétnica. Los pueblos indígenas de América, Australia y Nueva Zelanda presentan de forma consistente esperanzas de vida 5-9 años inferiores a las de las poblaciones no indígenas, no por razones biológicas sino por la historia de colonización, desposesión territorial y marginación sistemática.
El concepto de fenotipo ecológico o adaptación biocultural permite enriquecer esta discusión sin caer en el biologicismo. La adaptación a gran altitud en poblaciones tibetanas (selección en genes EPAS1/EGLN1), las adaptaciones metabólicas de las poblaciones árticas al frío y dietas lipídicas (clúster FADS, CPT1A), y las tecnologías culturales de termorregulación en entornos desérticos representan interfaces entre cuerpo y mundo que modulan vulnerabilidades concretas dentro de ecosistemas de desigualdades. La longevidad diferencial aparece no por los fenotipos en sí, sino cuando estas interfaces se combinan con educación, ingreso, trabajo, acceso sanitario y violencia estructural.
La discriminación percibida se ha asociado con mayor presión arterial, mayor inflamación (PCR, IL-6), peor salud mental y aceleración epigenética. Un metaanálisis de 2024 en Psychoneuroendocrinology encontró que la discriminación racial se asociaba con una aceleración de la edad epigenética de 0,8 años en promedio, con efectos más pronunciados en mujeres y en quienes reportaban discriminación crónica. El fenómeno del «envejecimiento por discriminación» opera a través del estrés agudo por incidentes discriminatorios, el estrés crónico por la vigilancia constante, la internalización de estereotipos negativos y el menor acceso a recursos de afrontamiento. La gerontóloga Arline Geronimus ha conceptualizado este proceso como «weathering»: el desgaste fisiológico prematuro causado por la exposición sostenida a la desventaja social y racial.
Los pueblos indígenas de América, Australia y Nueva Zelanda presentan, de forma consistente, peores indicadores de salud y menor esperanza de vida. En Australia, la brecha es de 8-9 años; en Brasil, de 5-7 años; en Canadá, de 5-6 años para las Primeras Naciones. Las causas incluyen la historia de colonización, la desposesión territorial, la destrucción cultural, el acceso limitado a servicios sanitarios y la transición nutricional acelerada hacia dietas ultraprocesadas. La lección para la gerociencia es que el fenotipo se convierte, en sociedades racializadas, en un marcador de exposición diferencial a riesgos, y por tanto en un predictor de longevidad. Pero ese predictor no opera por razones biológicas, sino por razones sociales.
2.10. Las disparidades intraurbanas: cuando la geografía determina el destino
Las disparidades de longevidad dentro de una misma ciudad superan frecuentemente las diferencias interregionales e incluso internacionales. En Barcelona, la brecha entre Pedralbes (86,8 años) y Trinitat Nova (80,1 años) abarca casi 7 años. La COVID-19 intensificó estas desigualdades: los barrios más pobres de Barcelona vieron caer su esperanza de vida casi 2,5 años en 2020, y la brecha por nivel socioeconómico se amplió de 3,9 años (prepandemia) a 4,9 años para varones y de 1,3 a 3,6 años para mujeres hacia 2021. La brecha en esperanza de vida saludable alcanza los 9,3 años entre los barrios más ricos y más pobres para las mujeres.
El «gradiente de esperanza de vida de la línea Jubilee» de Londres —que muestra una caída de aproximadamente un año por estación de metro hacia el este desde Westminster hasta Canning Town— sigue siendo una ilustración emblemática. El informe Marmot de 2020 confirmó que entre 2010 y 2020 la esperanza de vida disminuyó para el 10% más pobre en prácticamente todas las regiones inglesas fuera de Londres. Ciudades estadounidenses presentan contrastes aún más marcados: Chicago tiene una brecha de 30,1 años entre secciones censales, Nueva York de 27,4 y Washington D.C. de 27,5. El «efecto Glasgow» da cuenta de un exceso de mortalidad prematura del 30% respecto a ciudades igualmente desfavorecidas.
Los determinantes ambientales compuestos agravan estas disparidades. La contaminación por PM2,5 se asocia con un 13,6% más de mortalidad incluso por debajo de los estándares vigentes. La mortalidad por calor mató a unas 62.775 personas en Europa en 2024 (Nature Medicine, 2025), con tasas seis veces superiores en el sur que en el norte de Europa y proyecciones de triplicarse hacia mediados de siglo. Los espacios verdes muestran una asociación protectora: cada 0,1 unidades de NDVI se asocian con HR = 0,96 para mortalidad.
Más allá de la contaminación y el calor, un conjunto de moduladores ambientales adicionales merece atención. La asistencia religiosa semanal se asocia con una reducción del 45% en la mortalidad (HR = 0,55, VanderWeele et al., 2017); los adventistas del séptimo día vegetarianos viven 9,5 años más (varones) y 6,1 años más (mujeres) que otros californianos. El voluntariado en personas mayores reduce la mortalidad un 24%, aunque solo cuando la motivación es altruista: las motivaciones autointeresadas eliminan el efecto protector (Konrath et al., 2012). El ruido ambiental cuesta ≥1,6 millones de años de vida saludable perdidos anualmente en Europa occidental; por cada 10 dB de aumento, la hipertensión se incrementa un 81%. El sueño óptimo se sitúa en ≈7 horas: el sueño corto produce HR = 1,14 y el sueño largo HR = 1,34. La tenencia de perro se asocia con un 24% menos de mortalidad (RR = 0,76), con efecto más fuerte en hogares unipersonales (HR = 0,67).
Un hallazgo especialmente relevante para 2026 es el papel de la movilidad cotidiana en la vejez. Las personas mayores que residen en barrios bien comunicados, con aceras accesibles, transporte público adaptado y servicios de proximidad, mantienen una vida social más activa y presentan menor deterioro funcional que aquellas confinadas en «desiertos de servicios», aunque su nivel educativo y renta sean equivalentes. El concepto de «archipiélagos de salud» (Jason Corburn, UC Berkeley) describe cómo, dentro de una misma urbe, coexisten territorios con esperanzas de vida que difieren en más de una década. La ciudad no es un continuo, sino una constelación de microclimas biológicos determinados por la historia de la inversión pública, la calidad de la vivienda, la presencia de espacios verdes, la incidencia del crimen, la disponibilidad de alimentos frescos y la densidad de farmacias y centros de salud.
2.11. Perfil socioambiental del superlongevo en 2026
Las personas que alcanzan o superan los 100 años en 2026 constituyen un grupo minoritario pero creciente. Se estima que hay en el mundo unos 620.000 centenarios, de los cuales aproximadamente el 85% son mujeres. España alcanzó 15.911 centenarios en 2024 (un 8,5% más que en 2023), con el 82,2% mujeres; las proyecciones del INE apuntan a ~100.000 para 2050 y ~227.000 para 2072. Las tasas más altas per cápita se concentran en las provincias del noroeste: Ourense, Lugo, Zamora, León.
El estudio multiómico más exhaustivo sobre superlongevidad fue publicado por Santos-Pujol y Esteller en Cell Reports Medicine (septiembre de 2025), analizando a María Branyas Morera, la persona verificada más longeva del mundo hasta su fallecimiento en agosto de 2024 a los 117 años. Utilizando sangre recogida a los 116 años, el equipo realizó análisis genómico, proteómico, epigenómico, metabolómico y microbiómico, revelando una «dualidad fascinante»: presencia simultánea de señales extremas de envejecimiento (telómeros extremadamente cortos, mutaciones de hematopoyesis clonal) y poderosas características protectoras. En 18 evaluaciones de edad biológica, su edad predicha era consistentemente 10-30 años más joven que su edad cronológica. Su microbioma mostraba niveles excepcionalmente altos de Bifidobacterias semejantes a los de personas mucho más jóvenes. Notablemente, carecía del alelo canónico de longevidad FOXO3A; en cambio, múltiples variantes raras en vías inmunitarias, cardiovasculares, neurológicas y mitocondriales contribuían colectivamente.
El debate sobre las Zonas Azules se intensificó cuando Saul Newman recibió el premio Ig Nobel de Demografía (septiembre de 2024) por argumentar que los registros de supercentenarios están impulsados por el fraude pensionístico y los errores en las partidas de nacimiento. La réplica formal por Austad y Pes (The Gerontologist, diciembre de 2025) defendió las Zonas Azules validadas, particularmente los seis pueblos sardos que lograron una validación de Nivel A mediante reconstrucción genealógica completa desde 1866 usando registros civiles y eclesiásticos. Reconocieron que Okinawa ya no cumple los criterios de Zona Azul debido a la occidentalización, pero señalaron zonas candidatas emergentes en los Países Bajos, Rugao (China) y Martinica.
El análisis de la moda de la mortalidad por subpoblaciones en 2026 muestra diferencias elocuentes. En el quintil de renta más alto de los países de renta alta, M se sitúa en torno a los 92-94 años en mujeres y 89-91 en varones. En el quintil más bajo, M desciende a 84-86 años en mujeres y 79-82 en varones. En poblaciones indígenas con alta marginación, M puede estar por debajo de los 75 años. En las regiones afectadas por la crisis de opioides, M ha descendido en varones hasta los 77-80 años. La moda, a diferencia de la esperanza de vida, no se ve afectada por la mortalidad juvenil y captura con crudeza que la muerte tiene una edad preferente cuya distribución diferencial revela la estructura social de la supervivencia.
El retrato-robot del centenario en 2026 combina rasgos recurrentes. Género: mujer en el 85% de los casos, con la paradoja de que las centenarias tienen peor salud funcional que los centenarios varones. Clase social: pertenecen abrumadoramente a clases medias o altas, con excepciones notables en zonas rurales (Nicoya, Cerdeña) donde baja educación formal se compensa con alta educación práctica, redes sólidas y dietas tradicionales. Tipo de trabajo: combinan actividad física moderada, baja exposición a tóxicos y cierto grado de autonomía; abundan los agricultores tradicionales, amas de casa con trabajo doméstico intenso, profesionales liberales y artesanos. Historia migratoria: la mayoría son no migrantes o migrantes de corta distancia. Rasgos de personalidad: bajo neuroticismo, alta responsabilidad, alta extraversión, resiliencia emocional.
Los superlongevos atípicos —centenarios pobres, con baja educación, fumadores, en entornos desfavorables— plantean la cuestión de la resiliencia excepcional. Su existencia, minoritaria pero real, muestra que hay múltiples vías hacia la longevidad extrema. Sin embargo, el examen detallado suele revelar que la adversidad no fue tan extrema como parecía: el fumador centenario fumaba poco y empezó tarde; el pobre centenario tenía una red familiar que compensaba la falta de recursos. La erosión de Okinawa ilustra la fragilidad de estos factores protectores: del primer puesto entre las 47 prefecturas japonesas en esperanza de vida masculina, pasó al puesto 36 hacia 2020. La occidentalización dietaria, los almuerzos escolares americanos, el automóvil y la pérdida del ikigai bastaron para destruir en una o dos generaciones un régimen de longevidad centenario. Las ganancias en longevidad nunca están permanentemente aseguradas.
Actualmente existen 314 supercentenarios verificados vivos a nivel mundial (93% mujeres). El New England Centenarian Study publicó en Aging Cell (septiembre de 2024) un artículo creando el mayor banco de células madre pluripotentes inducidas (iPSC) a partir de centenarios, algunos mostrando edades biológicas dos décadas inferiores a su edad cronológica en relojes moleculares. Ying y colegas (Nature Communications, 2024) identificaron 35 genes empobrecidos en mutaciones de pérdida de función entre centenarios, con RGP1, PCNX2 y ANO9 validados como genes potenciales de longevidad. El mensaje que emerge de esta convergencia es que la superlongevidad no se caracteriza por la ausencia de envejecimiento sino por su optimización: un metabolismo finamente calibrado, adaptación inmunitaria funcional y coexistencia de marcadores de envejecimiento con una arquitectura molecular protectora.
2.12. El escenario español: liderazgo en longevidad con desigualdades profundas
España alcanzó una esperanza de vida récord de 84,01 años en 2024 (INE), con mujeres en 86,53 y varones en 81,38. Madrid lidera con 85,58 años, seguida de Castilla y León (84,67), Navarra (84,66) y País Vasco (84,64), mientras que Ceuta (81,60), Melilla (82,66) y Andalucía (82,82) cierran la clasificación. La brecha de 4 años entre Madrid y Ceuta sigue de cerca el gradiente de renta: Madrid promedia 39.856 euros por hogar frente a los 24.326 de Extremadura.
El informe del CSIC Un perfil de las personas mayores en España 2025 documenta que España tiene ya casi 10 millones de personas de 65 años o más (20,4% de la población), con 2,95 millones por encima de 80. Críticamente, el 52,5% de los años posteriores a los 65 se viven con limitaciones funcionales. La educación opera como determinante estructural de mortalidad comparable al tabaco: el CENIE (2026) estimó que aproximadamente 80.000 muertes anuales (una de cada cinco) son atribuibles a desigualdades educativas. Bramajo, García-Guerrero y Permanyer (2025) demostraron que las disparidades educativas en muertes prevenibles explican una proporción sustancial de la brecha de longevidad entre México y España.
La paradoja de la «España vaciada» merece un análisis pormenorizado. Las provincias con las mayores ratios de centenarios per cápita —Ourense, Lugo, Zamora, Salamanca— son también las más envejecidas, despobladas y con peor acceso a servicios sanitarios especializados. El CENIE (2025) propuso tres factores explicativos: primero, los vínculos sociales más densos en comunidades pequeñas donde «todo el mundo se conoce» protegen contra el aislamiento; segundo, la actividad física integrada en la vida cotidiana (huerto, caminatas por terreno irregular, labores domésticas intensivas) equivale a un programa de ejercicio multicomponente permanente; tercero, las dietas tradicionales basadas en productos locales de temporada, con alto contenido de legumbres, verduras y aceite de oliva, se han mantenido por razones económicas y culturales. Sin embargo, estos factores protectores están siendo erosionados por la propia despoblación: a medida que los jóvenes emigran, las redes se fragmentan, los servicios se retiran y las condiciones que produjeron la longevidad excepcional desaparecen paradójicamente por el envejecimiento demográfico mismo.
La paradoja de la «España vaciada» ofrece una lección inesperada: provincias como Soria, Zamora, Salamanca y Ourense muestran las ratios de centenarios per cápita más altas pese a un peor acceso sanitario. El CENIE (2025) lo atribuyó a vínculos sociales más fuertes, menor soledad y contacto con la naturaleza. Funcas (2025) confirmó que 15 de las 17 comunidades autónomas españolas figuran entre las 50 regiones más longevas de Europa. El gasto en pensiones se proyecta que aumente del 12,7% al 16,1% del PIB para 2050 sin reformas, una presión fiscal que convierte las intervenciones geroprotectoras y la prevención de la fragilidad no solo en imperativos médicos sino económicos.
La economía de la longevidad española es sustancial. El estudio de Oxford Economics/CENIE valoró la economía de la longevidad en 325.300 millones de euros de valor añadido (26% del PIB) en 2019, con el gasto de los mayores de 50 años sustentando 4,4 millones de empleos. Datos actualizados de 2022 muestran que los mayores de 55 años concentran el 39% de los recursos económicos totales del hogar y generan el 32,8% del PIB. Casi el 70% del ahorro nacional se concentra entre los mayores de 55 años. El coste de una atención inadecuada al envejecimiento ha sido cuantificado por la SEGG: los costes tangibles de la fragilidad alcanzaron los 14.100 millones de euros en 2021, con cada individuo frágil costando el doble que uno robusto (~2.500 euros/año). España dispone de solo 16 geriatras por cada 100.000 personas mayores de 75 años, frente a 167 pediatras por cada 100.000 menores de 15 años —una ratio que evidencia la infrainversión sistemática en la atención al envejecimiento.
El efecto del inmigrante sano opera con robustez en España. La población inmigrante, especialmente la de origen latinoamericano, presenta tasas de mortalidad inferiores a las de la población nativa, aunque este efecto se erosionó durante la crisis de 2008 y la pandemia. La investigación del CIBERFES ha demostrado que los programas multicomponentes de ejercicio con un coste de tan solo 164 euros por persona pueden ahorrar más de 1.000 euros en costes sanitarios, y que incluso los centenarios muestran mejoras medibles de la fragilidad con ejercicio de resistencia. La esperanza de vida saludable a los 65 años es de solo ~9,7 años, lo que significa que la mayoría de los años de vida tardía se viven con limitaciones funcionales.
2.13. Discusión: hacia una gerociencia biodemocrática
La convergencia de la evidencia presentada en este capítulo apunta hacia una verdad incómoda: la desigualdad en la longevidad no es meramente una abstracción estadística, sino una realidad biológica inscrita a nivel molecular. Las firmas proteómicas de la desventaja social identificadas por Kivimäki, el eco epigenético de sesenta años del Invierno del Hambre Holandés documentado por Cheng, la transmisión trigeneracional de marcas de metilación asociadas a la violencia en refugiados sirios descrita por Mulligan, y los gradientes consistentes de DunedinPACE por educación e ingreso demuestran que la desigualdad estructural se convierte en biología.
Tres ideas novedosas emergen de esta síntesis. Primero, la desaceleración de las ganancias de esperanza de vida por cohortes (Andrade et al., PNAS, 2025) significa que las mejoras futuras serán más difíciles de conseguir y dependerán cada vez más de la reducción de la mortalidad en edades avanzadas, lo que hace las intervenciones centradas en la equidad aún más críticas. Segundo, el perfil multiómico validado de María Branyas Morera demuestra que la longevidad extrema no implica una demora general del envejecimiento, sino una dualidad fascinante de señales extremas de envejecimiento coexistiendo con mecanismos protectores poderosos, sugiriendo que el techo de la vida humana tiene más que ver con la resiliencia que con la preservación. Tercero, la cuantificación por la Comisión de la OMS de la soledad como causa de 871.000 muertes anuales sitúa la conexión social junto al tabaquismo, la obesidad y la contaminación atmosférica como determinante modificable de la longevidad.
El concepto de biodemocracia —aún no establecido como marco formal en la literatura sanitaria, pero cuyo espacio conceptual se está llenando rápidamente— aspira a una distribución equitativa de las oportunidades de envejecer bien. El Informe Mundial de la OMS sobre Determinantes Sociales de la Equidad en Salud (mayo de 2025) confirmó que los objetivos para reducir las brechas de esperanza de vida establecidos por la Comisión de 2008 probablemente no se alcanzarán. Olshansky y colegas (Nature Aging, 2024) concluyeron que la supervivencia hasta los 100 años difícilmente superará el 15% para mujeres y el 5% para varones sin intervenciones que ralenticen el envejecimiento biológico en sí, argumentando que el foco debe desplazarse de extender la longevidad máxima a comprimir la morbilidad y reducir la desigualdad dentro de las expectativas de vida existentes.
La intervención geroprotectora más eficaz a escala poblacional sigue siendo, como hace un siglo, la reducción de la pobreza, la extensión de la educación, la universalización de la sanidad y la construcción de ciudades habitables. A ello se añade hoy la lucha contra el edadismo, la prevención de la soledad, la regulación de la exposición ambiental (PM2,5, calor, PFAS) y el reconocimiento del trabajo de cuidados como factor de envejecimiento. La gerociencia que aspire a ser transformadora necesita incorporar esta geografía humana en su núcleo analítico, estratificando los ensayos clínicos por nivel socioeconómico, diseñando «geroprotectores infraestructurales» (descontaminación, centros de salud accesibles, programas contra la soledad) y desarrollando modelos predictivos que incluyan variables contextuales. No se trata solo de añadir años a la vida, sino de comprender por qué esos años se distribuyen de manera tan desigual, y de actuar sobre las causas de esa desigualdad. Esa es la intervención geroprotectora más urgente y más olvidada.
La cultura antiaging dominante —la de los suplementos, los protocolos de biohacking, las clínicas de longevidad, los gurús de la optimización— proyecta una imagen del envejecimiento como empresa individual. El sujeto de esa cultura es un individuo abstracto, deslocalizado, sin clase, sin territorio, sin historia, que puede, mediante la voluntad y las moléculas adecuadas, moldear su propia vejez. Esta geografía antropológica ha mostrado hasta qué punto esa imagen es engañosa. La rapamicina puede añadir años de vida a quienes ya tienen una vejez digna; pero no llegará a quienes mueren a los 70 por enfermedades evitables en barrios sin atención sanitaria. El biohacking puede optimizar la salud de quienes ya están sanos; pero no resolverá la soledad de la viuda inmigrante en una gran ciudad.
Los marcos de justicia en la longevidad están empezando a abordar las dimensiones de equidad. Valente (2025) propuso pensiones «almacenables» a lo largo de todas las etapas de la vida, argumentando que trasladar los beneficios de jubilación exclusivamente a la vejez excluye sistemáticamente a quienes mueren prematuramente. Los Principios de la Economía de la Longevidad del Foro Económico Mundial (2024) piden explícitamente abordar las desigualdades de longevidad por género, raza y clase. El Consorcio L.E.A.R.N. de Stanford y la Hoja de Ruta Global de la National Academy of Medicine centran la equidad en salud como prioridad transversal. Sin embargo, como advirtieron los expertos de Lifespan.io en 2025, la ciencia de la longevidad avanza más rápido que los marcos regulatorios, éticos y de equidad, generando el riesgo de que las terapias de longevidad se conviertan en «medicina boutique para élites» en lugar de un avance de salud pública.
Una cultura antiaging madura sería aquella que, sin renunciar al deseo de vivir más y mejor, reconociera que ese deseo es colectivo, no individual; que las condiciones para realizarlo son políticas, no solo biomédicas; y que la verdadera intervención geroprotectora más eficaz a escala poblacional sigue siendo la reducción de la pobreza, la extensión de la educación, la universalización de la sanidad y la construcción de ciudades habitables. A ello debe añadirse hoy: la lucha contra el edadismo como determinante biológico, la prevención de la soledad como causa de casi un millón de muertes anuales, la regulación rigurosa de la exposición ambiental y el reconocimiento del trabajo de cuidados como factor de envejecimiento. Elevar biodemocráticamente la edad modal de defunción de las poblaciones más desfavorecidas es el desafío definidor de la gerociencia del siglo XXI.
La evidencia reunida a lo largo de estos trece apartados converge en una reconceptualización radical de la longevidad: no como un dato biológico dado, sino como un resultado socialmente construido, moldeado por fuerzas que operan desde el nivel macropolítico hasta el microepigenético. El desplazamiento de la compresión al aplazamiento de la mortalidad, capturado mediante la edad modal, significa que las ganancias futuras dependerán de lo que suceda a partir de los 70 años. La magnitud consistente de los determinantes sociales —aislamiento social (HR = 1,32), autopercepciones positivas del envejecimiento (+7,5 años), voluntariado (−24% mortalidad), matrimonio de calidad, trabajo cognitivamente estimulante y espacios verdes residenciales— rivaliza colectivamente con las intervenciones farmacológicas más prometedoras de la gerociencia. Que la gerociencia incorpore esta geografía en su núcleo analítico no es una concesión al relativismo ni al determinismo social: es la condición sine qua non para que sus avances beneficien al conjunto de la humanidad y no solo a quienes ya gozan del privilegio de envejecer bien.
Glosario de términos del capítulo
- Aceleración epigenética de la edad (EAA). Diferencia positiva entre la edad biológica estimada mediante relojes de metilación del ADN y la edad cronológica. Indica envejecimiento biológico más rápido de lo esperado.
- Aculturación. Adopción progresiva de patrones culturales de la sociedad de acogida por parte de los migrantes; se asocia con erosión de la ventaja de mortalidad del inmigrante.
- Aislamiento social. Condición objetiva de tener pocos o nulos contactos sociales; factor independiente de riesgo de mortalidad (HR ≈ 1,32). Se diferencia de la soledad, que es la experiencia subjetiva de ese aislamiento.
- Biodemocracia. Concepto emergente que alude a la distribución equitativa de las oportunidades de envejecer bien, entendiendo la longevidad como un bien público cuyo acceso no debería depender de la posición social, el territorio o la historia política vivida.
- Compresión de la morbilidad. Hipótesis de Fries (1980) según la cual la enfermedad crónica se concentra en un periodo breve al final de la vida. Se opone a la expansión de la morbilidad.
- Curso de vida. Marco teórico que concibe la salud como resultado acumulativo de exposiciones a lo largo de toda la biografía, desde la gestación hasta la muerte.
- DunedinPACE. Reloj epigenético de «velocidad de envejecimiento» desarrollado a partir de la cohorte de Dunedin (Nueva Zelanda); el más sensible a intervenciones y gradientes socioeconómicos entre los relojes disponibles.
- Edad modal de defunción (M). Edad más frecuente a la que mueren los adultos en una población. Exclusivamente sensible a la mortalidad en edades avanzadas, no se ve afectada por la mortalidad infantil o juvenil.
- Edadismo. Estereotipos, prejuicios y discriminación por razón de edad. Puede ser estructural, institucional o autoinfligido (internalizado). La OMS estima que afecta a 1 de cada 2 personas a nivel global.
- Efecto del inmigrante sano. Fenómeno por el cual los migrantes presentan menor mortalidad que la población nativa del destino, atribuido a selección positiva por salud. Se erosiona con la aculturación.
- Efecto viudedad. Incremento de mortalidad tras la pérdida del cónyuge, especialmente agudo en los primeros seis meses (RR ≈ 1,41).
- Esperanza de vida al nacer (e₀). Media aritmética de la distribución de edades al fallecer bajo las condiciones de mortalidad de un periodo. Sensible a la mortalidad en todas las edades.
- Esperanza de vida saludable (EVAS/HALE). Años de vida esperados en buena salud; la diferencia con e₀ mide el tiempo vivido con enfermedad o discapacidad.
- Exposoma. Totalidad de exposiciones ambientales, conductuales y sociales acumuladas a lo largo del curso vital.
- Fenotipo ecológico. Adaptación biocultural resultante de la interacción entre biología, cultura material y régimen de exposición ambiental. No garantiza longevidad alta; modula vulnerabilidades específicas.
- Geroprotector infraestructural. Intervención estructural (descontaminación, espacios verdes, centros de salud accesibles, programas contra la soledad) que actúa como protector del envejecimiento a escala poblacional.
- Gradiente social en salud. Relación continua entre posición socioeconómica y salud: a mejor posición, mejor salud, sin umbral a partir del cual la relación desaparezca.
- GrimAge. Reloj epigenético de segunda generación optimizado para predecir mortalidad; incorpora variables de estilo de vida y proteínas plasmáticas.
- Hipótesis de Barker (DOHaD). Hipótesis de que la malnutrición intrauterina y las exposiciones tempranas programan susceptibilidad a enfermedades crónicas décadas después.
- Hipótesis de la abuela. Teoría evolutiva que postula que la longevidad posmenopáusica evolucionó porque las abuelas aprovisionadoras potenciaban el éxito reproductivo de sus descendientes.
- Incrustación biológica (biological embedding). Proceso por el cual experiencias sociales o tóxicas se traducen en cambios biológicos medibles y duraderos, como alteraciones epigenéticas o proteómicas.
- Moda de la mortalidad adulta. Sinónimo de edad modal de defunción. Véase «Edad modal de defunción (M)».
- Movilidad social intergeneracional. Cambio en la posición socioeconómica entre la generación de los padres y la de los hijos. Puede ser ascendente o descendente, con efectos diferenciales sobre la salud.
- Paradoja hispana. Fenómeno observado en Estados Unidos por el cual los hispanos presentan una esperanza de vida superior a la de los blancos no hispanos pese a peores indicadores socioeconómicos.
- Paradoja de la actividad física. La actividad física en el ocio reduce la mortalidad (HR ≈ 0,60), mientras que la actividad física ocupacional puede incrementarla (HR ≈ 1,27).
- Racialización. Proceso social por el cual se atribuyen significados, jerarquías y tratamientos diferenciales a grupos humanos en función de características fenotípicas.
- SD(M+). Desviación estándar de muertes por encima de la edad modal; su descenso señala compresión de la mortalidad.
- Sesgo del salmón (salmon bias). Hipótesis de que los inmigrantes regresan al país de origen al enfermar, reduciendo artificialmente la mortalidad observada en el país de destino.
- Soledad. Experiencia subjetiva de malestar por la falta de compañía o de relaciones significativas. Se distingue del aislamiento social objetivo.
- Zona Azul. Región geográfica con concentración inusual de longevos verificados; sujeta a debate sobre calidad de registros y validación demográfica.
Bibliografía y recursos del capítulo
La siguiente bibliografía recoge las fuentes primarias citadas o consultadas para la elaboración de este capítulo, organizadas por orden alfabético del primer autor. Se incluyen publicaciones de 2024-2026 junto con obras fundacionales del campo. Las referencias marcadas con asterisco (*) corresponden a informes institucionales o bases de datos.
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